Venganza Characata
El conferencista rankeado internacionalmente; Juan De La Moneda acababa de bajar del autobús en el que vino desde Lima, con una elegante y clara expresión de oler caca, cuando un tipo se le acercó para presentarse:
- Me llamo Ernesto Noya, estoy a cargo del comité de bienvenida de La Fabrica San Lorenzo, y estaré a su entera disposición mientras dure su permanencia en esta acogedora ciudad.
Luego de recoger el equipaje se disponÃan a dejar la estación, cuando la mirada de Juan De La Moneda se detuvo inevitablemente ante un descomunal culo de un periódico chicha desplegado a lo largo de un quiosco del terminal terrestre.
HabÃa que aceptar que la chica tenia un espléndido trasero y que en la cama podrÃa hacer las delicias de cualquiera. Un poco mas abajo decÃa ” La China belleza characata regresa a Arequipa ”
Abordaron un taxi, y en medio de los vanos comentarios del viaje, del trafico y del sol, le preguntó de sopetón a Esteban Noya que quién mierda era La china:
Don Juan, -respondió- si La China no existiera en Arequipa, tendrÃamos que inventarla. Cuando las autoridades y los principales de la ciudad perdÃan la cabeza en sus casas y en sus cosas, La china se encargaba de encajonarlas nuevamente, encojonarlas dirÃa yo-, convencido de haber soltado un ingenioso chiste.
En efecto. La China incluÃa toda la imaginerÃa erótica de la gente de la calle y el rescate a la cordura de las personas que por estar tan cerca del poder, se embriagaban, y perdÃan un poco la chaveta. Era una especie de filtro emocional y además usaba su ondulante carne morena como efectiva (léase “efectivo”) arma letal.
Le fascinaba los seminarios, los talleres y gustaba de los cursillos. El anterior marido – de la china, claro está- se preguntaba con frecuencia, cuales eran sus verdaderas intenciones sobre las largas ausencias de su mujer en la casa, si era el afán de culturizarse, o si era el afán de adornarle la cabeza. HabÃa de las dos cosas. No era cojudo, de eso estaba seguro.
Juan De La Moneda, llegaba para presentar una conferencia “La Conciliación: Solución de conflictos en el matrimonio, antes de llegar a la vÃa legal.”, dirigido a los miembros de la empresa, casados en su mayorÃa. El gerente de la empresa estaba en el convencimiento de que si las cosas marchaban bien en casa, la productividad aumentaba en la empresa. Este era el fundamento de la presencia de Juan De La Moneda en la blanca ciudad.
El conferencista rankeado internacionalmente, es hombre casado, con dos hijos, porte atlético y una constante y elegante expresión de seguir oliendo todavÃa aun: a caca..
El conferencista estaba sentado en un restaurante de un segundo piso de la plaza principal. Pasaba una bovina caravana de simpatizantes de “Toledo para presidente..”. No se le habÃa ido la imagen del gran culo en el cerebro, regresó a lo de la caravana, todos vitoreaban por Toledo pero habÃa algo en la cara de cada uno de ellos que les delataba implacablemente que no estaban tan seguros de querer votar por un cholo pendejo. “Pobres imbéciles” –sentenció- “cambiarán mocos por babas”. y se olvidó del asunto.
Después de media botella de Anisado, el culo de la china characata empezaba a meneársele en el cerebro. Cogió su celular y llamó:
“Hola Ernesto te habla el Licenciado Juan De La Moneda, quisiera saber como puedo sacarme de la cabeza a la China, donde anda, en que hotel se aloja. Si es casada, si es jugadora etc. Tengo la noche entera para ella”.
Un poco sorprendido por la franqueza y no tanto por el tono pegajoso de su voz, le respondió.
“No tengo la menor idea, Don Juan, pero ese no es ningún problema. Deme quince minutos a lo mucho. Y le soluciono su problema. No faltaba más.. y colgó.
Al cabo de media hora suena el celular del licencioso licenciado, y quedó gratuitamente complacido por la nasal voz de la mismÃsima china characata. Luego de un dialogo mas o menos tonto, convienen en encontrarse en el mismo hotel, puesto que ella también se alojaba en el mismo, exactamente en el siguiente piso para ser mas precisos.
La china characata empezaba a sentir la natural prolongación del placer, le gustaban las conferencias, por que las mujeres que asisten, casi siempre son refinadas y por lo general usan perfumes caros, querÃa conservar esa glamorosa imagen. pero lo que tenÃa bien en claro hasta ahora era de qué realmente tenÃa la suerte de tocarle un orador internacional, como cliente y decidió no cobrarle un puta sol.
El licencioso Juan De La moneda esperaba tirado en su cama como habÃa sido el acuerdo, se acordó dejar sin seguro la puerta para que ella ingresara sin tocar. De pronto la puerta se abrió y apareció en el umbral, una morena alta y sinuosa, con una espumante cabellera enredada que desbordaba los hombros y unos jeans ciñéndole de tal forma, dibujándole de tal forma las caderas que le marcaban los labios vulvares.
El acuerdo también estipulaba silencio total al principio, por lo menos en los preliminares.
Con un delicioso esfuerzo la china empezó a bajarse los ajustados jeans, puso algo de música para enmarcar la progresiva vestimenta de la desnudez de su piel.
El licencioso empezó a sentirse incómodo. Ver tremendo espectáculo deberÃa de arrecharlo, pero nada… el leve contacto de los turgentes y enormes pechos de la china no entusiasmaba en nada al licencioso Juan De la Moneda y comenzó a preocuparse cuando ella empezó a trabajar por debajo de la cintura. Su lengua se arremolinaba rÃtmicamente alrededor de su pene una y otra vez, sin lograr ninguna erección.
Se recostó con la china characata y se dejo hacer mansamente lo que viniere. y no pasaba nada: le bailo, se sentó sobre él, le dio a beber sus tetas además de darle soberana mamada. Y nada. Su delicioso trasero frotaba intensamente su miembro… Ahora si que estaba definitivamente seguro de tener que dar una explicación…. La china no lo dejo. Con un gesto complaciente se dirigió hacia el teléfono y llamó a una amiga. Llegó esta, se desnudo de idéntica manera e hicieron lo suyo. El instinto le guiaba a la china por lados sumamente familiares, tomando entre sus labios un suave pezón mecÃa su rostro en el cojÃn del seno e inició la danza lésbica.
Este juego no hace que tenga fin sino interminables principios: Un amasijo de cachetes y pechos, de nalgas y bocas húmedas, mojadas. De macizas piernas y caderas sudorosas, llenas de sal y de deseo… y de un colgandijo miembro flácido, una incómoda postura y un silencio pesado.. y nada.
Se fue la amiga, se fue la china, todo en el más oloroso y cómplice silencio. Se quedo solo y lentamente se le comenzó a endurecer la pinga.
Atino a decir como para no desaprovechar el consuelo. ¡ Ta’ madre ¡
¿ Le cayo la nevada ?. Venganza characata
Extrañamente en su rostro desapareció ese gesto como de siempre oler a caca.
Venganza Characata
El conferencista rankeado internacionalmente; Juan De La Moneda acababa de bajar del autobús en el que vino desde Lima, con una elegante y clara expresión de oler caca, cuando un tipo se le acercó para presentarse:
- Me llamo Ernesto Noya, estoy a cargo del comité de bienvenida de La Fabrica San Lorenzo, y estaré a su entera disposición mientras dure su permanencia en esta acogedora ciudad.
Luego de recoger el equipaje se disponÃan a dejar la estación, cuando la mirada de Juan De La Moneda se detuvo inevitablemente ante un descomunal culo de un periódico chicha desplegado a lo largo de un quiosco del terminal terrestre.
HabÃa que aceptar que la chica tenia un espléndido trasero y que en la cama podrÃa hacer las delicias de cualquiera. Un poco mas abajo decÃa ” La China belleza characata regresa a Arequipa ”
Abordaron un taxi, y en medio de los vanos comentarios del viaje, del trafico y del sol, le preguntó de sopetón a Esteban Noya que quién mierda era La china:
Don Juan, -respondió- si La China no existiera en Arequipa, tendrÃamos que inventarla. Cuando las autoridades y los principales de la ciudad perdÃan la cabeza en sus casas y en sus cosas, La china se encargaba de encajonarlas nuevamente, encojonarlas dirÃa yo-, convencido de haber soltado un ingenioso chiste.
En efecto. La China incluÃa toda la imaginerÃa erótica de la gente de la calle y el rescate a la cordura de las personas que por estar tan cerca del poder, se embriagaban, y perdÃan un poco la chaveta. Era una especie de filtro emocional y además usaba su ondulante carne morena como efectiva (léase “efectivo”) arma letal.
Le fascinaba los seminarios, los talleres y gustaba de los cursillos. El anterior marido – de la china, claro está- se preguntaba con frecuencia, cuales eran sus verdaderas intenciones sobre las largas ausencias de su mujer en la casa, si era el afán de culturizarse, o si era el afán de adornarle la cabeza. HabÃa de las dos cosas. No era cojudo, de eso estaba seguro.
Juan De La Moneda, llegaba para presentar una conferencia “La Conciliación: Solución de conflictos en el matrimonio, antes de llegar a la vÃa legal.”, dirigido a los miembros de la empresa, casados en su mayorÃa. El gerente de la empresa estaba en el convencimiento de que si las cosas marchaban bien en casa, la productividad aumentaba en la empresa. Este era el fundamento de la presencia de Juan De La Moneda en la blanca ciudad.
El conferencista rankeado internacionalmente, es hombre casado, con dos hijos, porte atlético y una constante y elegante expresión de seguir oliendo todavÃa aun: a caca..
El conferencista estaba sentado en un restaurante de un segundo piso de la plaza principal. Pasaba una bovina caravana de simpatizantes de “Toledo para presidente..”. No se le habÃa ido la imagen del gran culo en el cerebro, regresó a lo de la caravana, todos vitoreaban por Toledo pero habÃa algo en la cara de cada uno de ellos que les delataba implacablemente que no estaban tan seguros de querer votar por un cholo pendejo. “Pobres imbéciles” –sentenció- “cambiarán mocos por babas”. y se olvidó del asunto.
Después de media botella de Anisado, el culo de la china characata empezaba a meneársele en el cerebro. Cogió su celular y llamó:
“Hola Ernesto te habla el Licenciado Juan De La Moneda, quisiera saber como puedo sacarme de la cabeza a la China, donde anda, en que hotel se aloja. Si es casada, si es jugadora etc. Tengo la noche entera para ella”.
Un poco sorprendido por la franqueza y no tanto por el tono pegajoso de su voz, le respondió.
“No tengo la menor idea, Don Juan, pero ese no es ningún problema. Deme quince minutos a lo mucho. Y le soluciono su problema. No faltaba más.. y colgó.
Al cabo de media hora suena el celular del licencioso licenciado, y quedó gratuitamente complacido por la nasal voz de la mismÃsima china characata. Luego de un dialogo mas o menos tonto, convienen en encontrarse en el mismo hotel, puesto que ella también se alojaba en el mismo, exactamente en el siguiente piso para ser mas precisos.
La china characata empezaba a sentir la natural prolongación del placer, le gustaban las conferencias, por que las mujeres que asisten, casi siempre son refinadas y por lo general usan perfumes caros, querÃa conservar esa glamorosa imagen. pero lo que tenÃa bien en claro hasta ahora era de qué realmente tenÃa la suerte de tocarle un orador internacional, como cliente y decidió no cobrarle un puta sol.
El licencioso Juan De La moneda esperaba tirado en su cama como habÃa sido el acuerdo, se acordó dejar sin seguro la puerta para que ella ingresara sin tocar. De pronto la puerta se abrió y apareció en el umbral, una morena alta y sinuosa, con una espumante cabellera enredada que desbordaba los hombros y unos jeans ciñéndole de tal forma, dibujándole de tal forma las caderas que le marcaban los labios vulvares.
El acuerdo también estipulaba silencio total al principio, por lo menos en los preliminares.
Con un delicioso esfuerzo la china empezó a bajarse los ajustados jeans, puso algo de música para enmarcar la progresiva vestimenta de la desnudez de su piel.
El licencioso empezó a sentirse incómodo. Ver tremendo espectáculo deberÃa de arrecharlo, pero nada… el leve contacto de los turgentes y enormes pechos de la china no entusiasmaba en nada al licencioso Juan De la Moneda y comenzó a preocuparse cuando ella empezó a trabajar por debajo de la cintura. Su lengua se arremolinaba rÃtmicamente alrededor de su pene una y otra vez, sin lograr ninguna erección.
Se recostó con la china characata y se dejo hacer mansamente lo que viniere. y no pasaba nada: le bailo, se sentó sobre él, le dio a beber sus tetas además de darle soberana mamada. Y nada. Su delicioso trasero frotaba intensamente su miembro… Ahora si que estaba definitivamente seguro de tener que dar una explicación…. La china no lo dejo. Con un gesto complaciente se dirigió hacia el teléfono y llamó a una amiga. Llegó esta, se desnudo de idéntica manera e hicieron lo suyo. El instinto le guiaba a la china por lados sumamente familiares, tomando entre sus labios un suave pezón mecÃa su rostro en el cojÃn del seno e inició la danza lésbica.
Este juego no hace que tenga fin sino interminables principios: Un amasijo de cachetes y pechos, de nalgas y bocas húmedas, mojadas. De macizas piernas y caderas sudorosas, llenas de sal y de deseo… y de un colgandijo miembro flácido, una incómoda postura y un silencio pesado.. y nada.
Se fue la amiga, se fue la china, todo en el más oloroso y cómplice silencio. Se quedo solo y lentamente se le comenzó a endurecer la pinga.
Atino a decir como para no desaprovechar el consuelo. ¡ Ta’ madre ¡
¿ Le cayo la nevada ?. Venganza characata
Extrañamente en su rostro desapareció ese gesto como de siempre oler a caca.